Creador Total y Complejo

06 de septiembre, 2019 - Miguel Ángel Muñoz - Comentar -
Creador total y complejoAutorretrato de la serie Naa Pia’. Yo mismo, de Francisco Toledo. Foto: Especial
 

Dotado de una sensibilidad única en el arte de México, que se alumbra en la contemplación del paisaje de cada “pequeña sensación”, Francisco Toledo podría ser el heredero natural de Rufino Tamayo. De nadie más… El que es reconocido como el pintor mexicano más interesante de su generación.

Explicaba Toledo que su tarea como pintor era “ocuparse de reflejar su historia, su tradición cultural…”. En una época en que vivimos rodeados de un arte que rechaza la estética a favor de las ideas, más literatura que arte, la obra de Toledo se muestra como un discurso estético de deslizamiento entre la sorpresa y la libertad.

Habría que añadir, dentro del lenguaje figurativo que practica, que subsiste en él la tensión integradora de elementos gestuales y matéricos, pero que todos ellos se mezclan cada vez con mayor naturalidad, con ese toque sabio de que lo difícil y complejo parezca simple y sencillo. Toledo participa de una voluntad de ruptura, de un estilo “mexicanista moderno”, sino que tiene él, una necesidad de simplificar la pintura, su discurso estético, como lo hicieron sus antecesores: Mérida, Gerszo, Ricardo Martínez o Nieto, se aleja de toda tradición artística de su tiempo.

Toledo es reacio a cualquier exceso teórico y reticente a la verbalización estética. No es casual, pues, que viera en la experimentación cromática de Rothko un buen estímulo para la reflexión sobre el espacio, las funciones de la luz y el color como formas protagonistas de una nueva notación constructivista de corte clásico. Las referencias se hacen en extremo sutiles, como en Insectario (1990), donde diversos grillos, chapulines, hormigas tienen la imponente majestad de volver la narración de un sueño interminable. Los signos caligráficos pierden violencia descriptiva, pero resultan más conmovedores e inquietantes, como aligeradas sombras que acarician las superficies. Las materias se abomban con poética sensualidad, pero sin ser barrocas. Toda la densidad de lo telúrico, de lo tectónico, de lo orgánico, de las misteriosas fuerzas de la naturaleza, se muestran aquí con su compacta opacidad, pero, a la vez, con cristalina transparencia. Es como si Toledo se hiciera simultáneamente clásico y romántico.

Hay en todo momento ese sentencioso laconismo que se subraya en el cuadro La caminante (1989), donde, sobre un hecho matérico tenebroso, se cruza la muerte en constante movimiento, con su bastón. Lejano y cercano a Posada. ¿ Quién ha dicho que la belleza y la muerte no sean terribles?. Toledo es un creador total, complejo y sutil; nos habla desde el absoluto para señalarnos la sensación estremecida de lo real, el tacto de la piel, los susurros, las sombras, los gestos alados. La encarnación del espíritu gracias a la pintura: la mera naturaleza del arte. Una lección pictórica total. Imposible abarcar la diversidad de su obra.

Lo importante para Francisco Toledo es que cualquier objeto puede ser transformado. De esta manera sea con pintura, cerámica, escultura o gráfica, que son los terrenos de Toledo, nos deja siempre la imagen cumplida de una fecunda fidelidad creadora, la realidad y la memoria de un artista que no envejece porque no pierde el sentido de renovarse siempre.

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